A veces cambiamos sin darnos cuenta. Tal vez no lo hacemos cuando otros nos lo piden, a sabiendas de que estamos haciendo algo que no nos conviene y es perjudicial para nosotros, porque nos negamos a desprendernos de aquello a lo que nos hemos aferrado. Pero puede que, llegado un momento, cambiemos de repente, rápido, tan rápido que ni nosotros mismos nos demos cuenta, y todo lo que hemos pensado o dicho antes nos parezca un sinsentido.
Pero no cambiamos tanto en realidad. Creo que cada persona es de una manera, tiene una forma esencial de ser, y no puede cambiarlo del todo. Por supuesto que puede cambiar algo la forma de pensar, pero, ¿hasta qué punto? ¿No será que esta nueva forma de ser estaba en el fondo en nosotros desde siempre, y se manifiesta en el momento oportuno?
Parece complicado, pero no lo es en absoluto. Es muy sencillo, y si no, voy a poner un ejemplo: siempre me ha gustado viajar, aprender idiomas, conocer gente y nuevos lugares. Pero nunca he podido viajar mucho, o estudiar en el extranjero, o he sido una emprendedora. Sin embargo, desde que vivo fuera de casa, y más concretamente en otro país, siento que el mundo es demasiado grande como para quedarse en casa, hay demasiadas cosas que ver, que describir, que conocer fuera.
Claro que es complicado dejar nuestra casa, que es nuestro lugar seguro, pero tenemos que arriesgarnos, debemos salir y ver todo lo que nos espera. Un amigo solía decirme que la vida es demasiado corta como para desaprovecharla, y que en cada momento tenemos que hacer aquello que más queramos, porque no sabemos si mañana tendremos la oportunidad de hacerlo. Por eso tenemos que aprovechar al máximo cada segundo: hay que viajar, salir al mundo, conocer gente, enamorarse, desengañarse... tenemos, en fin, que vivir, porque un día puede ser demasiado tarde.
